Artículos

Aceptar lo que somos y lo que estamos viviendo

La vida sería distinta si pudiéramos liberarnos del sufrimiento que nos genera suponer que, para ser felices, necesitamos ser alguien diferente. Miramos constantemente a otras personas que creemos mejores que nosotros: los observamos, los seguimos en los medios y los imitamos: les cedemos nuestra autoridad. Acabamos sacrificando nuestros talentos y nuestro potencial detrás de la ilusión de vivir vidas que, muchas veces, ni siquiera existen.

Hoy en día, es común buscar el llamado “auto mejoramiento”. Exploramos caminos psicológicos o espirituales con la esperanza de alcanzar la perfección. Estos caminos ofrecen técnicas, métodos, maestros y gurúes, bajo un sinfin de nombres y promesas de éxito.

Vivimos idealizando las vidas de otros a los que imaginamos viviendo en mundos perfectos a los que, tristemente, jamás accederemos. Y así soñamos con la perfección: el lugar perfecto, la pareja perfecta, la carrera perfecta, el hijo perfecto, la experiencia perfecta, el yo perfecto. Sin embargo, estas metas suelen ser inalcanzables. Mientras tanto, nos desconectamos de la realidad y perdemos de vista algo fundamental: la perfección de la vida tal cual es.

Tengo la convicción de que todas las personas necesitamos hacer un camino para sanar, pero no para corregirnos porque nos sentimos rotos o fallados. En ese camino, encontraremos prácticas que nos ayudarán a hacer cambios, siempre y cuando resuenen con nuestras necesidades y no sean una mera repetición de lo que otros dicen. Estas prácticas nos pueden enseñar a abrir el corazón, la mente y a liberarnos del sufrimiento.

Creo en eso. Pero también creo firmemente que no podemos ser de otra manera a la que somos en cada momento. Estamos perfectamente bien como somos.

Mis palabras despiertan una vieja pregunta espiritual y terapéutica… ¿Necesitamos cambiar porque somos personas imperfectas? Aunque parece una cuestión dual (donde el cambio y la perfección son opuestos) creo en una respuesta más integral. La vida es difícil y está en constante cambio, al igual que nosotros. A veces necesitamos transformarnos (cambiar planes, relaciones, formas de ser que nos hacen mal, etc.), pero hay algo en nuestro interior que siempre está ahí, inamovible e imperturbable: una presencia consciente, abierta y atemporal. No es un objeto material, sino nuestra esencia, el corazón de lo que verdaderamente somos.

Podemos –y necesitamos– cambiar sin que esto implique querer ser algo distinto a lo que somos. De hecho, la auténtica aceptación de quienes somos es lo que nos permite cambiar. Toda nuestra vida es nuestro camino. Pero ese viaje no está hecho solo de claridad y contento: también incluye caídas, confusión y oscuridad. La luz y la sombra trabajan juntas, y reconocer este movimiento es lo que transforma la ignorancia en sabiduría. Es el motor del verdadero cambio psicológico y espiritual.

Todo lo que ocurre, ya sea bueno o malo, esperable o incómodo, forma parte de nuestra experiencia total. Aceptar esta totalidad es lo que nos libera del perfeccionismo, esa trampa que nos ilusiona con vidas inexistentes, nos exige más de lo que somos y nos mantiene en un estado de insatisfacción constante.

Entonces… ¿Por qué insistimos tanto en el perfeccionamiento? Muchas veces, detrás de este deseo se esconde una poderosa sensación de carencia: “no tengo todo”, “me falta algo” o “estoy incompleto”, con la ilusión de que algún día seremos “como hay que ser”. Creemos que alcanzaremos esa plenitud ideal, pero estas promesas de un futuro perfecto nos alejan de nuestra verdad y nuestro presente.

Esto no significa que debamos resignarnos a la pasividad o la inercia. Es natural sentir el deseo de esforzarnos y transformarnos. Sin embargo, este deseo puede ser también una forma de eludir y despreciar lo que estamos viviendo en este preciso momento. Cuando fijamos metas externas, a menudo dejamos de prestar atención al único lugar que realmente podemos cambiar: el presente.

Todos hemos dicho, sentido y oído alguna vez: “¡No puede ser que yo sea así!”. Tenemos la idea de que aquello que estamos experimentando “no debería ser” o de que aquello que sentimos es inadecuado. Pero con el tiempo, y con la aceptación y el amor hacia nosotros mismos, acabamos por comprender que lo que nos pasó también es perfecto.

Dejar atrás el perfeccionismo no significa abandonar nuestro impulso de crecer. Al contrario, se trata de reconocer que ese mismo impulso forma parte de una perfección mayor, más grande, que nos trasciende y de la que participamos. No necesitamos forzar un perfeccionamiento con disciplina y exigencias, sino atravesar potenciales transformaciones que nos ayudarán a sentirnos mejor.

Hablo, en definitiva, de aceptar lo que somos y lo que estamos viviendo. Para construir un vínculo más profundo con la vida. Porque cuando aceptamos quiénes somos y dejamos de perseguir metas inalcanzables, comenzamos a caminar nuestro propio sendero. Y ese sendero, aunque no esté exento de desafíos, tropiezos y dificultades, es la expresión más auténtica de nuestro ser.