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Aceptar lo que somos y lo que estamos viviendo

La búsqueda de la perfección nos atrapa en un ciclo de insatisfacción, desconectándonos de nuestra esencia y del presente. La plenitud no está en ser alguien distinto, sino en aceptar nuestra vida tal como es. Al abrazar nuestra humanidad, con sus luces y sombras, encontramos el inicio de un cambio real, liberador y auténtico.

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Dicen que es inadecuado ser sensible

Se hace bastante difícil vivir en este mundo si uno siente todo intensamente. Pero ser muy sensibles no es una patología ni una anormalidad: es genético. Más del 20% de las personas son así y sentir intensamente no es un síntoma de debilidad, sino todo lo contrario: es la muestra contundente de que están verdaderamente vivos y conectados y es en cambio la sociedad la que se ha vuelto disfuncional y emocionalmente discapacitada.

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Hablemos del corazón con corazón

El corazón representa lo más bello que nos sucede, la sensibilidad más exquisita, el espacio en el que sentimos el dolor y el amor verdaderos. Sin embargo, cerramos el corazón e intentamos ser personas que no somos, con los ocultamientos y sus consecuentes culpas y vergüenzas. Recuperar el camino del corazón no solo es dejar de lado el miedo a abrirnos, sino que es hacerle espacio a la confianza, al compromiso y a la intimidad compartida. Es volver a confiar en que la sabiduría que necesitamos para vivir plenos está en el corazón.

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Sintonizar con la intuición

Rara vez dudamos de lo que nos dice la mente, pero desconfiamos de lo que nos susurra al oído la intuición. Aunque la intuición es un medio legítimo de conocimiento, en esta cultura vivimos sobrevalorando el intelecto y, a la vez, escindidos del cuerpo y del corazón. Todos tenemos una voz interior que nos guía hacia la verdad del Universo y sus leyes. Y esa es la intuición.

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El problema no son las emociones

Los días en los que sentimos emociones agradables son una fiesta. Sin embargo, hay tantas veces que nos sentimos mal, y a pesar que intentamos suprimirlas, las emociones difíciles no desaparecen y siguen insistiendo por emerger. No son nuestro enemigo, sino mensajeras de informaciones valiosas que, a gritos, piden ser reveladas. Las emociones son el territorio en el que vivimos, son nuestra verdad. Son auténticas. Y necesitamos conocerlas.